La vida, durante años, ha sido todo un misterio para mi. A ver sí, entiendo que esta sensación la tendremos muchos, pero me refiero al día a día, al desarrollo de la cotidianeidad. A entender las normas y cómo se relacionan las personas, principalmente.
A base de leer sobre neurodivergencias (¡hola hiperfoco e interés especial!) y de mirar hacia atrás, me voy dando cuenta de que durante prácticamente 30 años me he esforzado por encajar, por hacerle la vida más sencilla a los demás, por no molestar, y ademas buscar un sitio en el que me sintiera entre iguales que (aviso spoiler) no sé si llegó a existir. Afortunadamente a día de hoy y estoy convencida que a base de intuición, sí que tengo la suerte de poder compartir mi vida con personas similares que literalmente hacen que siga adelante.
Hace unos días asistí a la presentación de un libro que me removió bastante y me hizo volver a mirar a la niña interior que llevo dentro. Se habló entre otras cosas de la influencia tan buena que tuvieron algunos profesores en el camino educativo, y a mí me costaba encontrar una respuesta ante aquella pregunta lanzada al aire. Supe integrarme, sacar provecho de lo que cada uno podía enseñarme, pero tengo la convicción de que nadie supo verme. O conseguí ocultar tan bien mis desafíos o mis habilidades que lo puse verdaderamente difícil. Punto para Bea, a mi pesar.
De esa época recuerdo la sensación constante de no encajar, de ser diferente y de tener la sensación de que la «culpa» siempre fue mía. Ahora sé que mis altas capacidades tenían mucho que ver en todo aquello e intuyo que, a falta de diagnostico oficial, sospecho de la coocurrencia con otra neurodivergencia (pese a que mi entorno invalide de forma constante esa idea ya que «no soy así» o «no se me nota»).
Pausa porque es la primera vez que lo he escrito y necesito asimilarlo.
Otro de los temas que se comentaron en la presentación, que fueron muchos y que cuando me lea el libro volveré a retomar en una entrada nueva, fue la necesidad de aprovechar ese talento, de buscar aquello que nos hace brillar y que nos motiva de verdad a la par que continuamos el camino educativo que premia la repetición y la memoria, totalmente aburridos para en concreto, las altas capacidades. También en la vida adulta. Y, con ello, de repente una sensación agridulce lleva en mí instalada desde entonces, ya que me di cuenta de que necesito esa parte que lleva demasiado tiempo dormida. Supe que hace tiempo que no brillo, que me falta esa chispa tan característica en mi desde que recuerdo. ¿Dónde está? ¿Dónde estoy yo?
Esa Bea que escribía libros con 12 años, que se apuntaba a concursos de literatura o que ayudaba a personas con discapacidad a través del micrófono. Que se disfrazaba de astronauta o de payaso, que movía sus manos al son de la música o que hablaba de aquello que le apasionaba con fulgor. La que ahora necesita un sentido, algo que llene su vida y devuelva una aportación, aunque sea pequeña, al mundo.
Sé que hay algo dentro latiendo. Sé que está deseando que lo encuentre y lo lance al cielo.
Y quizá, de una forma pequeñita y humilde, confío en que pueda ir consiguiéndolo poco a poco.

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